Tú miente. Miente sin misericordia.
Si debates con alguien, acusa a tu adversario de lo que sea, con tal de que sea mentira. Y si puedes acusarle de alguna felonía que hayas cometido tú y que sea pública y notoria, tanto mejor. Al acusarle de ella tú te estarás exculpando, porque no cabe en la cabeza de nadie que puedas tener la indecencia de acusar a los demás de tus propias canalladas: para la gente normal, para los votantes, es impensable que puedan existir sinvergüenzas capaces de hacer algo así.
Además con esa mentira ganas siempre: si tu adversario no responde parecerá que efectivamente es culpable, porque quien calla otorga. Y si te responde lo hará desde la indignación y la rabia, con lo cual le habrás puesto a la defensiva y habrá perdido ya la calma para el resto del debate. No podrá pensar, obsesionado con desmontar tu mentira. Pero de cara a los demás parecerá que se indigna porque le has pillado en falta y además serás tú quien en adelante lleve la iniciativa.
La mentira es un arma formidable: úsala siempre contra tu enemigo y aprende a emplearla mirándole siempre a los ojos y sin que tu actitud delate nunca que el mentiroso eres tú.
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